La degradación de las especies y su hábitat sigue una progresión geométrica en los últimos años. esto está más que demostrado. Sin embargo, es cuestionable la visión catastrofista del ecologísta de los 80, donde el futuro nos depararía un mundo a lo “mad-max” o a lo “blade-runner”… El ser humano piensa por naturaleza que el universo gira a sus pies. Por eso Dios es antropomorfo y por eso pensamos que el hombre es capaz de acabar con la naturaleza. Pues quizá no…
Existen unos ecosistemas oceánicos realmente sorprendentes. Se trata de comunidades biológicas
que se originan alrededor de las chimeneas hidrotermales abisales, fisuras en la corteza terrestre de las que emana agua a unos 400ºC, debido a que la alta presión de las profundidades aumenta el punto de ebullición hasta esa temperatura. El vapor de agua que brota de estas chimeneas tiene un alto contenido en azufre, hierro, zinc y otros metaloides altamente tóxicos. Estos lugares, por estar situados a más de 3000 metros de profundidad, están ausentes de cualquier energía proveniente del sol.
¿Cómo puede ser que exista siquiera una especie animal adaptada a estas condiciones? Bien, aquí viene lo sorprendente, no es una sino más de 300 que hayamos descubierto hasta la fecha, habiendo explorado probablemente un 5% de las profundidades abisales. Unas bacterias anaerobias capaces que hace quimiosíntesis a partir del azufre y otros compuestos constituyen la base de la pirámide alimentaria, transformando compuestos químicos en energía en ausencia de luz. No es difícil imaginar que una vez superado este paso otros organismos se hayan adaptado a alimentarse de ellas o a establecer simbiosis con estas bacterias. Aunque algunos organismos de estas comunidades fueran dependientes de organismos fotosintéticos, no costaría mucho imaginar una adaptación rápida a unas condiciones en ausencia de luz o de oxígeno.
Otra herramienta para ilustrar este punto, puede ser la sorpresa que se llevaron los reporteros de la BBC que veinte años
después del accidente de Chernóbil, visitaron la zona para reailzar un reportaje. Cuando llegaron se encontraron con que Chernóbil, a pesar de los altos índices de radioactividad, se había convertido en un vergel, un santuario natural. Linces, lobos, búhos reales e incluso osos campan a sus anchas por la zona, sin signos de malformaciones o secuelas producidas por la radioactividad.
La naturaleza tiene una capacidad de regeneración asombrosa y ya lo ha demostrado en varias ocasiones en estos últimos 4650 millones de años. La vida en la tierra ha sufrido cambios más violentos y permanentes que lo que pueda producir el hombre, no olvidemos que si extrapolamos la vida del planeta a un dia de 24 horas, la especie humana hubiera surgido en el último segundo. La vida en la tierra es muy antígua, unos 4300 millones de años. Es decir que necesitó sólo 350 millones de años para formar vida… Pues bien, imaginemos que el hombre acaba con toda forma de vida en la tierra (por supuesto con su propia especie también…) ¡A la tierra aún le quedarían como mínimo 5000 millones de años para volver a formarla! especialmente si una bacteria anaerobia que se alimenta de CO2 y azufre con una tasa reproductiva tan alta (como la de la mayoría de las bacterias) que encontraría en la radioactividad el complemento perfecto para multiplicar sus mutaciones y conseguir en tiempo record un adaptación al medio favorable. Para ella sería mucho más fácil vivir en la tierra que actualmente…
Existen multitud de organismos extermófilos, organismos que viven en condiciones extremas. Tenemos Thermus acuaticus Brock & Freeze, 1969) que vive en los geíseres de Yellowstone Park en EEUU. Es una bacteria termófila que vive en aguas a temperaturas superiores a los 70ºC. Deinococcus radiodurans(Brooks & Murray, 1981) puede resitir una radiación superior a 15000Gy con un 37% de perdida de viabilidad. Una dosis de 10 Gy es suficiente para matar a un ser humano. En uno de los lugares donde vive esta cianobacteria, en el lago Paralana en Australia, hay unas condiciones especialmente extremas. Además de la fuerte radiación ultravioleta del sol en el desierto australiano, hay que sumar los rayos gamma que emiten las rocas ricas en uranio y el gas radón que emana del fondo, radiactivo y mortal.
También es un error pensar que somos la especie animal con más éxito evolutivo, multitud de organismos tienen más éxito que nosotros, independientemente de cómo lo midamos, desde el punto de vista de potencial reproductor, adaptación al medio o número de ejemplares. Si es cierto somos una especie fascinante, con un enorme éxito y cualidades únicas, pero paradójicamente ahora nos enfrentamos a los resultados de nuestro éxito, nocivos para nuestra propia especie. Por otra parte no hay que olvidar que los que disfrutamos de los avances tecnológicos, médicos y sociales somos una minoría, las tres cuertas partes de la humanidad vive en condiciones paupérrimas, sin acceso a comida, agua o casa.
En resumen, la única lucha que se puede permitir el hombre, el la lucha contra su propia extinción. En definitiva significa frenar los cambios que nosotros mismos estamos provocando para evitarnos graves problemas en el futuro. Quizá nos ayude pensar que no somos el centro del universo y que la naturaleza seguirá su curso cuando el hombre se haya extinguido.
No todo está perdido, ni el ser humano es todo maldad, somos capaces de las cosas más terribles pero a la vez de las cosas más bellas. Seremos capaces de utilizar nuestro intelecto, aquello que nos hace únicos en la tierra, para reparar el daño causado y vivir de una vez en paz entre nosotros y con el medio que nos rodea.